¿Por qué es tan importante el desarrollo durante la primera infancia?
¿Cómo llegamos de ser bebés con reflejos motores a ser niños y niñas que pueden jugar un partido de fútbol? ¿Cómo pasamos de no decir una palabra a poder leer y escribir? ¿Y de sostener la atención solo unos segundos a concentrarnos durante toda una clase?
Ese proceso de cambios se llama desarrollo infantil. Y la ciencia lleva décadas estudiándolo: cómo cambia el cerebro, cómo el cuerpo adquiere nuevas habilidades y cómo, poco a poco, los niños aprenden.
¿Cómo llegamos de ser bebés con reflejos motores a ser niños y niñas que pueden jugar un partido de fútbol? ¿Cómo pasamos de no decir una palabra a poder leer y escribir? ¿Y de sostener la atención solo unos segundos a concentrarnos durante toda una clase?
Ese proceso de cambios se llama desarrollo infantil. Y la ciencia lleva décadas estudiándolo: cómo cambia el cerebro, cómo el cuerpo adquiere nuevas habilidades y cómo, poco a poco, los niños aprenden.
Lo que sabemos hoy es claro: los años del nivel inicial son fundamentales. Tan fundamentales que hay evidencia que muestra que invertir en la primera infancia puede generar un retorno de hasta un 13% anual para los países, no sólo en términos económicos, sino en mejores trayectorias educativas y de vida para los niños y niñas.
¿Por qué es tan importante la Primera Infancia? Podemos pensarlo con una imagen simple: el desarrollo infantil es como un edificio, y los primeros años de vida son sus cimientos. Cada aprendizaje nuevo se apoya en uno anterior. Cuando esos cimientos son sólidos, el desarrollo avanza de manera más fluida. Cuando no lo son, aprender también es posible, pero requiere mucho más esfuerzo.
¿Y cuáles son esas bases? Los llamados precursores del aprendizaje: la atención, las funciones ejecutivas, el lenguaje oral, el conocimiento numérico y el desarrollo motor fino y grueso, entre otros.
Durante mucho tiempo se pensó que había una “ventana” muy limitada para aprender ciertas cosas. Hoy sabemos que no es así: el cerebro puede modificarse a lo largo de toda la vida. Siempre es posible aprender. Pero también sabemos algo importante: cuanto más temprano se inicien esas experiencias, más fácil será que generen aprendizajes significativos, porque en los primeros años la capacidad de cambio del cerebro es mayor.
El desarrollo infantil, además, no depende solo de lo biológico. Es el resultado de una interacción compleja entre la naturaleza y el contexto. Es decir, entre lo que traemos con nuestra genética y las experiencias que vivimos. El contexto tiene un rol clave.
Cuando hablamos de contexto, hablamos del hogar, la escuela, la comunidad, las políticas públicas: todo lo que rodea a ese niño o niña. Ese entorno puede ofrecer factores de riesgo, que dificultan el desarrollo, o factores protectores, que lo potencian.
Por ejemplo, son factores de riesgo la falta de controles médicos, de acceso a educación o a vínculos de cuidado. En cambio, contar con afecto, oportunidades de aprendizaje variadas y acceso a espacios verdes son factores protectores.
Podemos pensarlo como una balanza: cuantos más factores protectores haya, más se inclina hacia un desarrollo favorable. Y esto es clave, porque siempre es posible intervenir para mejorar ese desarrollo, sumando factores protectores. Pero cuanto antes lo hagamos, más impacto tendrá y menos esfuerzo implicará.
Por eso, el Nivel Inicial no es una etapa de preparación. Es, en sí mismo, una etapa central. Es el espacio donde podemos garantizar oportunidades de aprendizaje significativas y construir esas bases que van a sostener el aprendizaje durante toda la vida.