Skip to content
Recurso teórico

¿Por qué es tan importante el desarrollo del lenguaje oral?

¿Cómo pasan los niños de balbucear a contar un cuento? ¿De señalar con el dedo a pedir con palabras precisas? ¿De entender solo lo que está frente a ellos a poder hablar de lo que pasó ayer, o de lo que va a pasar mañana?

Ese proceso es el desarrollo del lenguaje oral. Y es mucho más que aprender a hablar. Es uno de los precursores más poderosos del aprendizaje a lo largo de toda la vida: la puerta de entrada a entender lo que leen, a resolver problemas, a regular las propias emociones, a conocer y ser.

¿Cómo pasamos de señalar con el dedo a pedir con palabras precisas? ¿De balbucear a contar un cuento? ¿De entender solo lo que sucede frente a nosotros a poder hablar de lo que pasó ayer, o de lo que va a pasar mañana?

Ese proceso es el desarrollo del lenguaje oral. Y es mucho más que aprender a hablar. Es uno de los precursores más poderosos del aprendizaje a lo largo de toda la vida: la puerta de entrada a comprender textos, a resolver problemas, a regular las propias emociones, a conocer y ser.

Cuando pensamos en lenguaje oral, tendemos a pensar en vocabulario. Y con razón: Las investigaciones científicas revelan que a los 3 años de edad ya existe una enorme disparidad entre niños, según el entorno en que crecieron. Hablamos de decenas de miles de palabras de diferencia. Si no se interviene, esa disparidad tenderá a profundizarse. Los niños con menos vocabulario aprenden menos palabras nuevas por año, comprenden menos cuando leen, y van perdiendo cada vez más oportunidades. El lenguaje oral temprano es uno de los predictores más fuertes del rendimiento escolar.

Por eso, lo que sucede en la sala importa. Pero ¿qué es lo que realmente hace la diferencia?

La ciencia tiene una respuesta clara: no alcanza con que los niños escuchen muchas palabras. Lo que más impacto tiene son los intercambios, los turnos de conversación. Cada vez que un adulto responde a lo que dice o hace un niño, y el niño vuelve a responder, se está construyendo lenguaje. Cuanto más frecuentes y ricos son esos intercambios, más se desarrollan las áreas del cerebro vinculadas al lenguaje.

Hasta los dos años de edad, la clave está en responder a su mirada, a su gesto, a su balbuceo. Cuando un bebé señala algo y el adulto lo nombra o cuando un adulto imita el sonido que hizo el bebé y el bebé vuelve a hacerlo, está pasando algo muy poderoso, están teniendo una conversación, aunque todavía no haya palabras. Esa danza de respuestas mutuas es la base sobre la que se construye todo el lenguaje posterior.

De tres a cinco años de edad, los intercambios más valiosos son las conversaciones extendidas: las que van más allá del aquí y ahora. Hacerles preguntas abiertas,  ¿por qué creés que hizo eso?, ¿qué pensás que va a pasar? Invitarlos a narrar: ¿qué hiciste el fin de semana? Ampliar lo que el niño dice sumando una idea o una palabra nueva, leer en voz alta y comentar el cuento. Esas interacciones cotidianas son, en sí mismas intervenciones sobre el desarrollo.

En ambas etapas, el principio es el mismo: el adulto sigue la iniciativa del niño, responde, y enriquece. No impone un monólogo. Conversa.

El lenguaje oral no es solo la herramienta clave para aprender a leer; es el vehículo que les permite pensar, relacionarse y comprenderse a sí mismos y a los demás.

La disparidad comienza temprano, por eso la sala de jardín es el espacio donde esa brecha puede achicarse. No con recursos extraordinarios, sino con algo que ya sucede todos los días: la conversación.